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Dos años de seguimiento a 1700 jóvenes LGBTQ+: señales de alivio y una alerta que persiste

En pocas palabras

Un seguimiento de casi 1700 jóvenes LGBTQ+ encontró que la ansiedad, la depresión y los pensamientos suicidas siguen siendo frecuentes, aunque bajaron los casos de autolesión y los intentos de suicidio informados. El apoyo familiar se relacionó con menos pensamientos suicidas, mientras que las prácticas que buscan cambiar la identidad y la falta de vivienda estable se asociaron con más riesgos. El entorno también importa.

Dos años de seguimiento, no una sola fotografía

El informe se basó en un estudio longitudinal de The Trevor Project, una organización sin fines de lucro que trabaja en temas relacionados con jóvenes LGBTQ+. Participaron cerca de 1700 jóvenes y respondieron encuestas cada seis meses desde septiembre de 2023. Este seguimiento permite observar cómo cambian las experiencias con el tiempo, en lugar de consultar a las personas una sola vez. Aun así, los datos describen las respuestas de quienes participaron en el estudio: no deben considerarse automáticamente representativos de todos los jóvenes LGBTQ+.

Esta diferencia es importante para interpretar los resultados. La encuesta permite detectar patrones y experiencias que merecen atención, pero por sí sola no demuestra que un factor haya causado directamente un resultado relacionado con la salud mental. Del mismo modo, observar cambios en las respuestas no explica todo lo que ocurrió en la vida de quienes participaron durante ese periodo. Por eso, las cifras deben leerse como indicios de relaciones y tendencias, no como conclusiones definitivas sobre cada persona o sobre grupos enteros.

Uno de los hallazgos principales es que los niveles de ansiedad, depresión y pensamientos suicidas se mantuvieron altos y el informe describió una tendencia general al alza. El material disponible no ofrece cifras concretas para esos tres indicadores, así que no es posible calcular cuánto aumentaron ni compararlos numéricamente con niveles anteriores. En cambio, sí se ofrecieron porcentajes comparables para dos momentos en el caso de las autolesiones y los intentos de suicidio: ambos disminuyeron entre quienes respondieron la encuesta.

Bajan dos indicadores, pero las presiones continúan

La proporción de participantes que informó haberse autolesionado bajó del 38% al 34%. También descendió, del 9% al 7%, la proporción de quienes dijeron haber intentado suicidarse. Estos cambios son importantes porque señalan una mejora en ambos indicadores en las respuestas recogidas durante el periodo del informe. Sin embargo, no significan que el riesgo haya desaparecido ni que otras fuentes de presión hayan disminuido en la misma medida.

Las cifras describen porcentajes dentro del grupo estudiado, no cantidades absolutas correspondientes a todos los jóvenes. Por sí solas, tampoco permiten saber qué provocó los cambios. Que disminuya una proporción no significa necesariamente que la situación de cada persona haya mejorado: las experiencias individuales pueden ser muy distintas, y algunos jóvenes pueden seguir atravesando un sufrimiento intenso aunque el indicador general mejore. Por eso conviene evitar tanto una tranquilidad excesiva ante una noticia positiva como pasar por alto que la ansiedad, la depresión y los pensamientos suicidas continuaron en niveles altos.

Que algunos resultados mejoren mientras otros problemas persisten recuerda que la salud mental no sigue una sola trayectoria ni avanza siempre en la misma dirección. Cada indicador puede cambiar de forma diferente; una parte de la experiencia puede mejorar mientras otra sigue siendo difícil. Una lectura cuidadosa debe tener presentes ambos aspectos: reconocer la disminución de las autolesiones y los intentos de suicidio sin ignorar que otras señales de malestar se mantuvieron elevadas y mostraron una tendencia al aumento.

El apoyo familiar puede cambiar la sensación de seguridad

Uno de los resultados más destacados fue la relación entre el apoyo familiar y una menor probabilidad de informar que se tenían pensamientos suicidas. Las probabilidades de mencionarlos fueron un 45% menores entre quienes describieron a su familia como comprensiva que entre quienes no señalaron ese nivel de apoyo. Esto no quiere decir que el apoyo garantice que una persona deje de tener esos pensamientos ni que determine su futuro. La cifra expresa una diferencia entre dos grupos dentro de los datos de la encuesta.

Aun con esa salvedad, el resultado tiene una implicación práctica clara: los vínculos cercanos pueden ser una parte importante del entorno en el que vive un joven. Apoyar no consiste solo en decir algo amable o expresar aceptación una vez. Escuchar sin juzgar, tomar en serio sus preocupaciones y ofrecer un espacio seguro para hablar son ejemplos de formas cotidianas de acompañamiento. El informe no identifica una conducta específica como la causa directa de la diferencia observada, pero sí muestra que informar sobre el apoyo familiar se relacionó con un indicador más favorable respecto a los pensamientos suicidas.

Este hallazgo también importa porque sitúa las relaciones sociales junto a los factores individuales al hablar de salud mental. La conversación no debería centrarse únicamente en cómo cada joven enfrenta el malestar por su cuenta: los datos indican que también merecen atención las condiciones del entorno y los vínculos cercanos. Como el estudio observó una asociación y no realizó un experimento que demostrara causalidad, lo más preciso es decir que el apoyo familiar se asoció con una menor probabilidad de tener pensamientos suicidas, no que por sí solo explique esa diferencia.

Prácticas dañinas, asociadas con más pensamientos suicidas

En el sentido contrario, el informe encontró que los jóvenes que habían sido sometidos a prácticas de conversión o habían recibido amenazas de que se las aplicarían tenían casi tres veces más probabilidades de informar que tenían pensamientos suicidas que quienes no habían vivido esa situación. La expresión prácticas de conversión se refiere a intentos de cambiar la orientación sexual o la identidad de una persona. En los datos del informe, la exposición efectiva y la amenaza de exposición se agruparon en la misma categoría, asociada con mayores probabilidades.

Es importante interpretar el resultado con precisión: se refiere a probabilidades más altas. No significa que todas las personas expuestas a estas prácticas vayan a tener pensamientos suicidas, ni que la cifra represente un aumento absoluto de tres veces en la cantidad de casos. Aun así, es una señal preocupante de que las amenazas o la exposición a estas prácticas coinciden con mayores riesgos para la salud mental entre quienes participaron. Según la información publicada aquí, el informe tampoco permite separar los resultados por tipo de práctica, momento o intensidad.

Esta relación invita a tomar en serio las amenazas, sin esperar a que la práctica llegue a realizarse para reconocer sus posibles efectos. La amenaza puede formar parte de la experiencia de un joven incluso si nunca se concreta, y puede sumar presión a otras situaciones que esté atravesando. Pero también aquí hace falta cautela: el estudio identifica una asociación importante que merece atención; por sí solo, no demuestra una cadena completa de causas y efectos ni describe la experiencia de cada persona.

La inestabilidad de vivienda aumentó en un año

El informe registró un aumento en la proporción de participantes que dijeron haber atravesado una situación de falta de vivienda durante el año anterior: pasó del 7% en 2024 al 13% en 2025. Esto significa que el porcentaje registrado dentro del grupo participante creció entre esos dos años. No corresponde convertirlo en una estimación para todos los jóvenes LGBTQ+, ya que el material no demuestra que la muestra represente a toda esa población.

El estudio también encontró que quienes describieron su situación de vivienda como inestable tenían el doble de probabilidades de informar autolesiones y pensamientos suicidas que quienes no mencionaron ese tipo de inestabilidad. Una vez más, la comparación se refiere a las probabilidades dentro de los datos del estudio y no demuestra que los problemas de vivienda, por sí solos, hayan causado esos resultados. Sin embargo, sí muestra que las dificultades básicas para vivir se presentaron junto con indicadores preocupantes de salud mental.

La vivienda no es solo una dirección: forma parte de la estabilidad cotidiana y puede relacionarse con la posibilidad de sentirse a salvo y mantener una rutina. El informe no detalla por qué aumentó la falta de vivienda ni aclara si las condiciones de vida de los participantes cambiaron de otras maneras durante el mismo periodo. Por eso, lo que puede afirmarse con seguridad es que la proporción pasó del 7% al 13% entre 2024 y 2025 y que la inestabilidad de vivienda se relacionó con una mayor probabilidad de autolesionarse y tener pensamientos suicidas según las medidas de la encuesta; no que una sola causa explique todos estos resultados.

El acceso a hormonas cambia según la edad

El informe también examinó el deseo de acceder a hormonas de afirmación de género entre participantes trans y no binarios. Durante el seguimiento, aumentaron tanto ese deseo como el acceso a las hormonas, que el informe describió como un incremento inesperado. Sin embargo, se observó una diferencia marcada entre adultos y menores de edad: el 73% de los participantes de 18 años o más pudo acceder a ellas, frente a solo el 33% de quienes eran menores.

Las notas del informe advierten que parte de los participantes cumplió la mayoría de edad durante el estudio. Al cumplir 18 años, desaparecen muchas de las barreras que enfrentan los menores; por eso, no se debe interpretar la diferencia entre el 73% y el 33% como si reflejara únicamente la edad o un cambio sencillo en el deseo. Los grupos también difieren en las restricciones que afectan el acceso, y llegar a la mayoría de edad puede modificar las opciones disponibles para cada persona.

Estas cifras son valiosas porque permiten considerar al mismo tiempo el deseo de acceder a las hormonas y la posibilidad real de hacerlo, y muestran una brecha clara entre adultos y menores. Sin embargo, la información disponible no detalla qué tipos de barreras existen, cuáles son las vías de acceso ni qué resultados de salud se relacionan con ellas. Por tanto, una lectura rigurosa debe ceñirse a lo que dicen los datos: entre los participantes trans y no binarios aumentaron tanto el deseo de acceder a las hormonas como el acceso a ellas; el acceso llegó al 73% entre quienes tenían 18 años o más, frente al 33% entre los menores, y algunos participantes pasaron al grupo de adultos durante el seguimiento.

Qué muestran los resultados y qué no permiten concluir

La fortaleza de un seguimiento repetido está en reunir varias señales, en vez de ofrecer una conclusión demasiado simple. Las autolesiones bajaron del 38% al 34%, y los intentos de suicidio, del 9% al 7%. Al mismo tiempo, la ansiedad, la depresión y los pensamientos suicidas se mantuvieron elevados y, según la descripción del informe, tendieron a aumentar. También se observaron diferencias relacionadas con el apoyo familiar, la exposición a intentos de cambiar la identidad o las amenazas de hacerlo, la vivienda y el acceso a hormonas.

Sin embargo, la encuesta no explica de manera definitiva las causas de cada cambio ni demuestra que un solo factor haya provocado un resultado concreto. Aunque el tamaño del grupo es relevante, no permite aplicar automáticamente los porcentajes a todos los jóvenes LGBTQ+. La información presentada no establece que la muestra represente a toda la población ni desglosa los resultados para cada subgrupo o situación de vida. El mejor uso de estas cifras es identificar áreas que requieren mayor atención y plantear preguntas de seguimiento más precisas, no emitir juicios generales sobre los jóvenes o sus familias.

Las comparaciones también muestran por qué es importante no confundir asociación con causalidad. Que las probabilidades de tener pensamientos suicidas sean menores entre quienes informan apoyo familiar no quiere decir que la familia sea el único factor que determina la salud mental. Que esas probabilidades sean más altas entre quienes han vivido prácticas de conversión tampoco significa que todas las experiencias sean iguales. Y la relación entre la inestabilidad de vivienda, las autolesiones y los pensamientos suicidas no revela por sí sola cómo se combinan las distintas condiciones de vida en la experiencia de cada participante.

Estas limitaciones no restan importancia a los hallazgos. Los informes que siguen las experiencias a lo largo del tiempo ayudan a reconocer qué situaciones necesitan atención y comprensión, sobre todo cuando distintos indicadores avanzan en direcciones diferentes. El mensaje más claro es que para entender la salud mental de los jóvenes hay que mirar también el conjunto de circunstancias que los rodea: sus relaciones familiares, la estabilidad de su vivienda y las amenazas o presiones que afrontan, además de los indicadores de salud mental.

Conclusión

El informe de The Trevor Project, basado en el seguimiento de cerca de 1700 jóvenes cada seis meses desde septiembre de 2023, presenta un panorama con señales de mejora y motivos de preocupación. La proporción que informó autolesiones descendió del 38% al 34%, y la que informó intentos de suicidio pasó del 9% al 7%. En cambio, la ansiedad, la depresión y los pensamientos suicidas siguieron en niveles altos y tendieron a aumentar. El apoyo familiar se asoció con probabilidades un 45% menores de informar pensamientos suicidas, mientras que entre quienes vivieron intentos de cambiar su identidad o amenazas de que eso ocurriera, las probabilidades fueron casi tres veces mayores.

Además, la proporción que informó falta de vivienda durante el año anterior subió del 7% en 2024 al 13% en 2025. La inestabilidad de vivienda se relacionó con una mayor probabilidad de autolesionarse y tener pensamientos suicidas. Entre los participantes trans y no binarios, el acceso a hormonas llegó al 73% para quienes tenían 18 años o más, frente al 33% entre los menores; algunos participantes cumplieron 18 años durante el estudio. Estas cifras no explican cada experiencia ni demuestran por sí solas qué causó los cambios, pero sí subrayan que el entorno, el apoyo y la estabilidad son factores importantes para comprender la salud mental de los jóvenes.