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Unas jarras de 4.500 años podrían revelar las rutas comerciales del Mediterráneo

En pocas palabras

Frente a la costa de Turquía, unos investigadores encontraron jarras de barro que viajaron en un barco hundido hace unos 4.500 años. Aunque la madera de la embarcación desapareció, las jarras podrían ayudar a saber cuándo se hundió, dónde se fabricaron y qué productos transportaban. También ofrecen pistas sobre el comercio entre las antiguas comunidades del Mediterráneo.

Una fecha que sugieren las jarras, no la madera

El equipo considera que el barco y su carga podrían datar de entre 2700 y 2400 a. C., es decir, de hace unos 4.500 años. La estimación no se basa en tablones conservados: la madera no resistió las condiciones del mar y ya no es posible observar la embarcación. En su lugar, los investigadores estudian las pistas que ofrece la cerámica, como la forma de los recipientes y la manera en que se fabricaron. Esas características permiten compararlos con objetos conocidos de distintas épocas y regiones.

Por ahora, conviene entender estas fechas como una primera estimación, no como una conclusión definitiva. Los investigadores advierten que el periodo propuesto podría cambiar a medida que examinen más piezas y evidencias. El naufragio podría ser algo más antiguo o más reciente de lo que sugieren los datos actuales. Además, los resultados todavía no se han publicado en una revista científica revisada por pares, de modo que las conclusiones siguen en proceso de análisis y verificación.

Si se confirma la datación, este naufragio sería más antiguo que el de Dokos, frente a las costas de Grecia, que se cree que tiene unos 4.200 años. Antes del hallazgo de Kekova, el de Dokos se consideraba el naufragio más antiguo conocido del mundo. Sin embargo, la comparación no basta para resolver la cuestión: habrá que seguir comprobando la antigüedad de las piezas y el contexto en que aparecieron, además de evaluar la precisión de las fechas asignadas a ambos sitios.

¿Cómo llevaron las jarras hasta el naufragio?

El hallazgo comenzó gracias al conocimiento local de la costa y el mar. Hakan Öniz, profesor asociado de Akdeniz University, en Antalya, lleva décadas investigando naufragios antiguos a lo largo de esta región. En 2024, información proporcionada por navegantes locales lo condujo hasta un sitio de aguas poco profundas cerca de Kekova, al oeste de Antalya. Después, Öniz pidió ayuda a un investigador especializado en arqueología del desierto para que examinara las vasijas y contribuyera a determinar su antigüedad.

Este trabajo también muestra que encontrar objetos es apenas el primer paso de la arqueología submarina. Excavar en el mar es distinto de trabajar en tierra firme: hay que manipular materiales que han permanecido sumergidos, extraerlos con cuidado y conservarlos de forma que no se deterioren al salir del agua. El investigador que colaboró en el estudio señaló que la experiencia le permitió conocer métodos de campo y técnicas de conservación con las que no estaba familiarizado. Mientras tanto, el equipo de buceo trabajó en el lugar para recuperar las vasijas atrapadas en la pendiente.

En los cuatro meses anteriores a que se informara sobre los trabajos, los buzos retiraron las capas de percebes adheridas a la cerámica. No se trataba simplemente de levantar unas jarras del fondo: las piezas estaban entrelazadas con una superficie rocosa muy inclinada y habían permanecido en un lugar protegido bajo el agua durante mucho tiempo. La madera del barco desapareció, así que la carga, rota o dispersa, es la evidencia material más clara que queda del naufragio.

Jarras de almacenamiento que cuentan más que su contenido

La carga identificada está compuesta por grandes recipientes de cerámica parecidos a jarras, conocidos en arqueología como ánforas. Se diseñaban para almacenar y transportar productos. Según los investigadores, son recipientes grandes y ovalados, con la base plana y dos asas. Algunas tienen una banda de arcilla en relieve que rodea la parte más ancha. Ese rasgo de su forma podría ayudar a rastrear su origen y a compararlas con otros recipientes.

La cerámica puede parecer menos valiosa que los metales o las piedras preciosas, pero tiene una ventaja importante: a menudo sobrevive en los sitios arqueológicos cuando muchos otros materiales ya han desaparecido. Una jarra puede romperse en numerosos fragmentos y, aun así, sus restos se pueden estudiar. La forma de los bordes, la base y las asas, así como la manera de moldear y cocer la arcilla, permiten reconstruir tradiciones de fabricación y señalar posibles lugares de producción.

Este tipo de evidencia puede aportar dos datos a la vez: dónde se fabricó un recipiente y qué productos podría haber transportado. Las características de las jarras ayudan a establecer un periodo aproximado y, a partir de él, a estimar la antigüedad de otros objetos encontrados junto a ellas e incluso la del barco que las llevaba. Pero eso no significa que una sola jarra permita identificar el puerto de salida o reconstruir la ruta. Para llegar a esas conclusiones, los investigadores deben combinar sus rasgos con otras pruebas y con el contexto arqueológico del sitio.

Una interpretación inicial plantea que algunas jarras con la banda de arcilla podrían haberse fabricado en el valle central del Jordán, o que la arcilla empleada para hacerlas podría proceder de esa zona. Por ahora, se trata de una posibilidad que sigue bajo investigación, no de una conclusión confirmada. Si se verificara la relación entre algunas vasijas y ese valle, indicaría que ciertos materiales o productos recorrieron una larga distancia antes de llegar a la costa turca. Sin embargo, no revelaría por sí sola cuántos puertos visitó el barco ni en qué orden.

Posibles rastros de lo que llevaban las vasijas

El estudio no se limita a observar la forma de las jarras: en algunas se encontraron restos visibles a simple vista. Estas señales podrían ayudar a investigar qué productos se transportaban, pero todavía no se han sometido a análisis científicos completos. Por eso, no es posible afirmar qué contenían. Entre las posibilidades consideradas están el aceite de oliva, el vino y la resina de árboles, productos que se comerciaban en la región en la Antigüedad.

Aunque se lograra identificar una sustancia dentro de una jarra, eso no demostraría automáticamente que fuera la única carga del barco. Es posible que las vasijas contuvieran productos distintos o que se sumaran mercancías durante las escalas en varios puertos. Son hipótesis que habrá que comprobar mediante el análisis de los residuos y su comparación con otras evidencias. La presencia de restos observables ofrece una oportunidad para investigar, pero no reemplaza los análisis ni convierte una conjetura en un hecho.

Un naufragio local dentro de una red más amplia

La importancia del barco de Kekova va más allá del tamaño del sitio. El comercio marítimo del Mediterráneo oriental durante el tercer milenio a. C., entre 3000 y 2000 a. C., es menos conocido que el de épocas posteriores. La información sobre ese periodo procede de fuentes dispersas, entre ellas textos egipcios, cerámica y materias primas encontradas en tumbas antiguas. Por eso, cada naufragio que se conserva puede aportar una pieza a un panorama todavía incompleto.

Por esa misma época, el Estado egipcio comerciaba a través del puerto de Biblos, en el actual Líbano. Los datos sobre el comercio de Egipto indican que allí llegaban productos que no estaban disponibles en cantidades suficientes en el país, como madera de cedro, estaño, plomo, aceites, resinas de árboles, lapislázuli y plata. Esto no significa que el barco de Kekova fuera egipcio ni que transportara específicamente esos materiales. Más bien, muestra que el mar donde se hundió formaba parte de un espacio conectado por puertos, productos y centros de poder.

Otras investigaciones recientes amplían este panorama. Según ellas, el Estado egipcio obtuvo plata hacia 2600 a. C., y los análisis relacionaron su origen con las minas de Lavrion, al este de la actual Atenas. No hay pruebas de que el barco hallado navegara hasta esas minas o transportara plata procedente de allí. El ejemplo sí muestra que las materias primas podían recorrer largas distancias y que el intercambio podía pasar por una cadena de comerciantes, barcos y puertos, en vez de realizarse en un viaje directo entre dos lugares.

Según la interpretación propuesta, es poco probable que los barcos egipcios recorrieran por sí solos todas esas distancias marítimas. Embarcaciones costeras como la de Kekova quizá contribuyeron a conectar distintos tramos de una red comercial más extensa, trasladando mercancías junto a la costa y recogiéndolas o entregándolas en diversos puertos. Esta idea ayuda a explicar cómo un sitio pequeño puede relacionarse con la historia del comercio internacional sin afirmar que se conozca la ruta del barco o su destino final.

Un viaje que terminó entre dos islas

Los investigadores desconocen en qué dirección navegaba el barco cuando se hundió, y la ubicación del naufragio, por sí sola, no permite determinar adónde se dirigía. Sin embargo, el hecho de que se encuentre entre dos islas, en aguas relativamente protegidas del viento, plantea la posibilidad de que la embarcación buscara refugio durante una tormenta. Después, quizá chocó contra las rocas cercanas. Es una explicación posible de cómo ocurrió el naufragio, no un relato confirmado de sus últimos momentos.

Los investigadores consideran posible que los navegantes procedieran de las costas del Levante, pero no se conoce la identidad de la tripulación. No hay un testimonio escrito que cuente qué sucedió a bordo ni quedan restos de madera que permitan descubrir cómo estaba construido el barco o quiénes eran sus propietarios. Lo que sí se puede afirmar con más seguridad es que una carga de cerámica llegó a esta costa y quedó depositada en la pendiente rocosa. El lugar conservó parte de la huella del viaje después de que la embarcación desapareciera.

A lo largo de la costa sur de Turquía hay numerosos naufragios antiguos. La región ha sido escenario de importantes hallazgos submarinos, aunque la arqueología bajo el agua es una disciplina relativamente reciente. Por eso, Kekova es uno de los muchos sitios que todavía podrían revelar información sin estudiar. El valor de este naufragio no está en prometer que reescribirá por completo la historia, sino en ofrecer nuevas pruebas sobre la fabricación de recipientes, el movimiento de productos y los vínculos entre las comunidades costeras de una época temprana.

Conclusión

El naufragio de Kekova vuelve a poner el foco en un barco cuya madera casi ha desaparecido, mientras que sus jarras permanecieron en el fondo del mar durante cerca de 4.500 años. La datación inicial sitúa la carga entre 2700 y 2400 a. C., aunque ese intervalo podría revisarse. Los resultados aún no se han publicado en una revista científica revisada por pares. A partir de la forma de las vasijas, su fabricación y los restos de su posible contenido, los investigadores esperan conocer mejor el origen de las mercancías y su relación con los puertos del Mediterráneo oriental. La ruta del barco, la identidad de sus navegantes y el contenido exacto de las jarras siguen siendo preguntas abiertas. El hallazgo importa porque añade una prueba concreta a una historia marítima de la que todavía conocemos pocos detalles.