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Cuando alguien es humillado, ¿por qué el cerebro de algunas personas reacciona de manera tan distinta?

En pocas palabras

Un estudio observó cómo reaccionaban las personas al ver que alguien recibía un comentario que dañaba su imagen frente a los demás. Quienes obtuvieron puntuaciones altas en ciertos rasgos narcisistas mostraron respuestas cerebrales más distintas entre sí. Esto no permite diagnosticar a nadie ni significa que esas personas carezcan de empatía.

Una escena social, no una imagen aislada

Un equipo de Aalto University, en Finlandia, realizó un estudio con resonancia magnética funcional para observar la actividad cerebral de personas que veían escenas de interacciones sociales. La investigación formó parte de un proyecto de varias universidades llamado Faces of Narcissism. Sus resultados se publicaron el 1 de octubre de 2026 en la revista Cerebral Cortex, en un artículo titulado «Menor sincronía entre los cerebros de los espectadores cuando otras personas afrontan amenazas a su imagen social en el narcisismo».

El equipo partió de una limitación metodológica: muchas pruebas anteriores se habían centrado en estímulos breves y sencillos, como la imagen de una cara triste o una señal básica relacionada con el dolor. Sin embargo, las relaciones humanas no suelen presentarse como una serie de imágenes independientes. Se desarrollan a través de las palabras, el contexto y el tono de las respuestas; además, una misma frase puede adquirir distintos sentidos según lo que se haya dicho antes. Por eso, el experimento se diseñó para mostrar escenas más parecidas a una interacción social completa, en lugar de una señal emocional aislada.

Participaron en el escáner 58 personas, seleccionadas después de una evaluación inicial que incluyó a cerca de 1000 adultos. De acuerdo con sus puntuaciones en rasgos de narcisismo grandioso, se las dividió en dos grupos: 28 personas con puntuaciones altas y 30 con puntuaciones bajas. Estos rasgos se distribuyen a lo largo de un continuo entre las personas; obtener una puntuación elevada en una prueba de investigación no equivale, por sí solo, a recibir un diagnóstico clínico de un trastorno de personalidad.

Mientras estaban en el escáner, los participantes vieron escenas en las que actores mantenían conversaciones relativamente naturales. Una persona contaba una historia personal sobre una experiencia de rechazo social o una situación en la que otras personas la habían admirado. Al terminar el relato, otra persona respondía con una crítica que afectaba su posición o amenazaba la imagen que proyectaba ante quienes escuchaban. Por ejemplo, podía poner en duda que mereciera la admiración recibida o responsabilizarla por completo de un rechazo que había sufrido en el pasado.

A los espectadores no se les pidió que adoptaran una postura determinada ni se les indicó directamente que imaginaran cómo se sentía quien contaba la historia o que intentaran consolarlo. Así, los investigadores pudieron observar la actividad cerebral durante la escena sin pedirles a los participantes una respuesta empática concreta. La diferencia es importante: el experimento examina cómo procesan espontáneamente una situación social, no cómo responden cuando saben de antemano qué se espera de ellos.

¿Qué significa que las respuestas cerebrales se parezcan?

La cuestión no era que todos los cerebros produjeran una respuesta idéntica ni que las imágenes permitieran leer un pensamiento específico. El análisis se centró en una medida llamada correlación entre personas, que compara los cambios en la actividad cerebral de distintos espectadores mientras ven el mismo fragmento. Si varias personas muestran patrones que evolucionan de forma parecida a lo largo del tiempo, se puede decir que sus respuestas cerebrales están más sincronizadas en ese contexto.

Que las respuestas se parezcan no demuestra que todas las personas sintieran la misma emoción o interpretaran la conversación del mismo modo, y tampoco revela por sí solo qué pasaba por la mente de cada una. Sin embargo, ofrece una manera de observar hasta qué punto las respuestas de un grupo convergen ante una escena compartida. Si los patrones de actividad difieren, eso podría indicar que la atención, la interpretación o la valoración de la situación no avanzaron en paralelo. Aun así, hacen falta otros estudios para conocer las causas exactas.

En el grupo con puntuaciones bajas, el equipo observó respuestas cerebrales más parecidas cuando la persona que contaba la historia recibía comentarios que amenazaban su imagen social. En cambio, entre quienes tenían puntuaciones altas, los patrones de actividad cerebral coincidían menos en ciertas regiones. En términos sencillos, las respuestas cerebrales de los integrantes de este grupo no fueron tan similares ante la misma situación social: variaron más de una persona a otra.

Regiones que ayudan a comprender el contexto y a los demás

La diferencia se observó sobre todo en dos regiones: la corteza prefrontal dorsolateral, conocida como dlPFC, y la corteza cingulada posterior, o PCC. Estas zonas participan en procesos cognitivos como organizar el pensamiento, seguir el contexto y formarse una idea de la perspectiva de otras personas y del significado de lo que ocurre entre ellas. Por eso, a los investigadores les interesó que las diferencias aparecieran en redes relacionadas con la comprensión del sentido social, y no como una señal de una dificultad general para captar sonidos o imágenes.

El equipo también examinó la ínsula anterior, conocida como aINS, que interviene en distintos procesos relacionados con las sensaciones internas y las respuestas ante situaciones emocionalmente relevantes. Sin embargo, la diferencia en la sincronía de la actividad de esta región no fue estadísticamente significativa en el estudio. Este resultado impide extender las conclusiones a todas las áreas cerebrales relacionadas con la empatía: las pruebas más claras se referían a la dlPFC y la PCC, mientras que los datos sobre la ínsula anterior no fueron concluyentes desde el punto de vista estadístico.

Por lo tanto, el estudio no afirma que ciertas regiones funcionen o dejen de funcionar por completo, ni que los cerebros de quienes tienen más rasgos narcisistas sean incapaces de comprender las emociones ajenas. Su conclusión es más acotada: durante la observación de una amenaza social dirigida a otra persona, los patrones de actividad de algunas regiones relacionadas con el pensamiento sobre situaciones sociales se parecían menos entre los integrantes de ese grupo. Esta variación podría tener distintas explicaciones, como las diferencias en aquello que atrae la atención de cada espectador, en cómo interpreta el tono de la conversación o en el juicio que hace sobre quien cuenta la historia.

¿Por qué se habla de proteger la imagen social?

El diseño del experimento tomó como referencia la idea de «trabajo de la cara», asociada al sociólogo Erving Goffman en la década de 1950. En este caso, la «cara» no se refiere a los rasgos físicos, sino a la imagen social que una persona quiere conservar ante los demás: que la consideren digna de respeto, aceptación o reconocimiento. En la vida cotidiana, las personas contribuyen, de manera consciente o no, a proteger esa imagen durante una conversación y pueden tratar de repararla cuando queda expuesta a la vergüenza o al menosprecio.

Esta idea ayuda a entender por qué se eligieron escenas en las que alguien relata que fue reconocido o rechazado y luego recibe respuestas que lo ponen a la defensiva. El experimento no se limita a mostrar a una persona triste: presenta un momento en que cambia el rumbo de la conversación y se pone a prueba la posición de alguien ante su interlocutor y los espectadores. Quien observa puede sentir vergüenza ajena, considerar que la crítica es justa o cruel, o fijarse en otros aspectos del intercambio. Precisamente esa variedad de interpretaciones posibles hace que el contexto social sea más complejo que una expresión facial aislada.

Este enfoque, relativamente cercano a situaciones naturales, aporta una perspectiva útil al estudio de la personalidad: los rasgos pueden manifestarse en la forma en que una persona procesa acontecimientos con significado social, y no solo en sus respuestas a un cuestionario. Pero los videos no son una réplica completa de la vida cotidiana. Se trata de un experimento controlado, con situaciones seleccionadas, actores y escenas breves; por eso, no abarca todos los tipos de relaciones ni las circunstancias que influyen en las interacciones reales.

Qué se puede concluir y qué no

Los investigadores consideran que la menor similitud entre las respuestas podría ayudar a explicar una parte de las dificultades de comunicación que se observan en algunas personas con puntuaciones altas en rasgos narcisistas. Si los integrantes de un grupo interpretan una situación social de maneras muy distintas, podrían aumentar las posibilidades de que haya malentendidos o respuestas poco compatibles. Sin embargo, el estudio no examinó las relaciones reales de los participantes durante un periodo prolongado ni demostró que este patrón cerebral cause por sí solo problemas en las relaciones o conduzca inevitablemente a su ruptura.

También es importante recordar que la empatía no es una sola cosa. La respuesta emocional ante el dolor ajeno puede ser distinta de la capacidad para deducir qué piensa otra persona o entender por qué actúa de cierta manera. Ambas, a su vez, pueden diferir de la conducta de apoyo que alguien decide ofrecer. Este experimento se centra sobre todo en la similitud de respuestas relacionadas con el procesamiento del significado social y la consideración de la perspectiva de otra persona. Por eso, conviene no reducir sus resultados a una afirmación general como que los participantes «no sienten empatía».

El estudio incluyó a 58 participantes: 28 en el grupo con puntuaciones altas en estos rasgos y 30 en el grupo con puntuaciones bajas. Ese número permite hacer un examen detallado dentro del escáner, pero no autoriza a sacar conclusiones sobre todas las personas. Los participantes se seleccionaron de un grupo inicial de cerca de 1000 adultos; aun así, la muestra de investigación es limitada frente a la diversidad de rasgos y contextos sociales. Además, comparar a personas situadas en los extremos de las puntuaciones no significa que la población esté dividida realmente en dos tipos separados. Los rasgos de personalidad se distribuyen de manera gradual y la conducta puede variar según la persona y la situación.

Los resultados tampoco permiten saber cuál fue la interpretación interna correcta de cada participante. Algunas personas quizá prestaron atención a la autoridad de quien hablaba o a si la crítica era justa; otras pudieron fijarse en la vergüenza de quien contaba la historia o en detalles del relato anterior. Las respuestas también pueden variar por la experiencia, el estado de ánimo, la atención y otros factores que no se reducen a un único rasgo de personalidad. Por eso, estos hallazgos son un punto de partida para estudiar cómo se relacionan los rasgos con ciertas formas de procesar situaciones sociales, no una herramienta para clasificar a las personas ni para leer sus intenciones.

Un paso hacia experimentos más parecidos a la vida diaria

Uno de los aportes del estudio es que combina mediciones cerebrales con una escena social en la que intervienen varias personas y permite que los participantes vean la historia sin recibir instrucciones sobre cómo deberían sentirse. Un diseño que incorpora más detalles de una interacción puede revelar diferencias que quizá no aparecen cuando alguien ve una sola cara durante unos segundos o debe juzgar un estímulo sencillo. Además, observar un fragmento completo permite relacionar la actividad cerebral con el desarrollo del relato y las respuestas, en vez de limitarse a un instante aislado.

Aun así, las imágenes del cerebro no explican por sí solas la conducta social. No se puede concluir que la actividad de una región corresponda a una emoción concreta ni que una menor similitud entre participantes signifique falta de empatía. La medida evalúa cuánto se parecen los patrones de respuesta de un grupo, pero cada persona presenta sus propios patrones de actividad cerebral. Para entender mejor qué hay detrás de esas diferencias, futuros estudios podrían combinar las imágenes cerebrales con medidas de conducta, preguntar a los participantes cómo interpretaron la escena y observar sus interacciones en una mayor variedad de situaciones.

Además, las escenas del estudio abordaban un tipo específico de amenaza social: recibir un comentario que resta valor a una historia personal o reinterpreta una experiencia de aceptación o rechazo. No se debe suponer que el resultado se repetiría igual en todas las situaciones, como los conflictos familiares, el trabajo en equipo o la observación de alguien en peligro físico. La vergüenza social tiene características propias, y los rasgos de personalidad pueden relacionarse con ella de una manera distinta a como lo hacen con otras formas de sufrimiento.

Los resultados del equipo de Aalto University, publicados en Cerebral Cortex, ofrecen una imagen más precisa que las ideas populares sobre el narcisismo. No miden directamente si las personas son buenas o crueles: describen diferencias en la sincronía de la actividad de redes cerebrales implicadas en la comprensión social y cognitiva, mientras los participantes ven una situación que afecta la posición de otra persona. Esta precisión puede ayudar a plantear mejores preguntas sobre cómo nos entendemos y sobre las circunstancias que facilitan o dificultan la comprensión mutua.

Conclusión

En el estudio participaron 58 personas: 28 con puntuaciones altas y 30 con puntuaciones bajas en rasgos de narcisismo grandioso. Al ver a alguien recibir una respuesta que amenazaba su imagen social, el primer grupo mostró menos similitud en la actividad de la dlPFC y la PCC. La diferencia observada en la ínsula anterior no fue estadísticamente significativa. El experimento utilizó escenas de interacción inspiradas en la idea de proteger la imagen social y no pidió a los espectadores que sintieran empatía de forma explícita.

Estos resultados no significan que todas las personas con puntuaciones altas carezcan de empatía ni demuestran que un patrón de actividad cerebral cause problemas en las relaciones. Indican que, en ese grupo, las respuestas al procesar situaciones sociales podrían ser menos parecidas entre unas personas y otras, en regiones que ayudan a comprender el contexto y la perspectiva ajena. El estudio aporta una forma de investigar la relación entre los rasgos de personalidad y la actividad cerebral mediante escenas más cercanas a las interacciones reales, sin ir más allá de lo que se midió.