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Lo que los cirujanos no siempre pueden dejar en el quirófano

En pocas palabras

Los médicos que atienden lesiones graves también pueden quedar afectados por lo que ven, aunque deban mantener la calma mientras operan. Guardarse siempre la tristeza puede hacer que el peso sea mayor. La atención plena y el tiempo para reconocer lo que sienten pueden ayudarles a cuidar a sus pacientes sin dejar de cuidarse a sí mismos.

Una guardia nocturna es mucho más que pasar horas sin dormir

En medio de la noche, un oftalmólogo puede tener que atender lesiones terribles mientras intenta transmitir serenidad al paciente y al equipo. Ocultar lo que siente no borra lo que ha visto y, a veces, hace que la experiencia pese todavía más. La atención plena y la reflexión ofrecen un espacio para reconocer las emociones y estar junto al paciente con más humanidad, además de poner en práctica la habilidad médica.

En el quirófano, el médico no siempre puede detenerse a pensar en lo que siente. Cuando llega una persona con una lesión ocular grave, el tiempo, la precisión y la coordinación del equipo son decisivos, y el trabajo puede prolongarse hasta la mañana. Sin embargo, que la cirugía termine no significa que también haya desaparecido el impacto de lo ocurrido. Esa distancia entre cumplir con el deber y asimilar la experiencia es el centro del relato de Robert M. Kinast, oftalmólogo de Legacy Devers Eye Institute y Legacy Research Institute, y profesor clínico en Casey Eye Institute, de Oregon Health & Science University, en Portland.

Kinast reflexionó sobre lo que significa pasar toda la noche despierto durante un retiro de meditación en las montañas de Santa Cruz, al que asistió en el otoño anterior a la publicación de su artículo, el 3 de noviembre de 2026. Quería alejarse por un tiempo del ritmo acelerado de su clínica, pero terminó encontrándose con recuerdos de su vida profesional que seguían presentes y a los que no había dedicado suficiente tiempo. Una noche, los participantes recibieron la indicación de continuar meditando hasta el amanecer. Para él, aquello evocó algo muy distinto a quedarse despierto para estudiar o divertirse.

La idea de pasar una noche en vela estaba ligada, para Kinast, a las lesiones que había visto como médico, no a una noche cualquiera sin dormir. Recordó a un paciente que sobrevivió a un disparo en la cabeza, tuvo que someterse a una operación cerebral y perdió un ojo. También recordó a una mujer que esperaba tranquilamente en su automóvil cerca de un festival callejero y que fue alcanzada por una bala perdida en medio de la violencia entre pandillas. En su memoria aparecieron asimismo ojos dañados por causas muy distintas: cuchillos, fuegos artificiales, cables tensores de automóviles, botellas, palos, piedras y anzuelos de pesca.

Las circunstancias varían de una lesión a otra, pero todas pueden cambiar la vida de una persona en un instante. Algunas personas se ven atrapadas en una tragedia que no buscaron mientras simplemente seguían con su vida cotidiana. El médico que las atiende no se enfrenta solo a un caso clínico o a un órgano que debe reparar: tiene delante a alguien que quizá ha sufrido una pérdida, a una familia que espera noticias y a un futuro que de pronto se ha vuelto incierto.

Precisión quirúrgica bajo el peso del cansancio

A veces llaman a los oftalmólogos en plena noche para atender lesiones graves que han desgarrado las estructuras del ojo. Aunque las posibilidades de conservar la visión sean limitadas, el equipo intenta reparar el ojo tanto como sea posible. Es un trabajo que exige precisión quirúrgica, movimientos coordinados y capacidad para mantener la concentración durante muchas horas. Además, el cirujano no trabaja solo: forma parte de un equipo agotado que sabe que sus responsabilidades no terminan cuando sale el sol.

En esas circunstancias, pasar la noche en vela no es solo una prueba de resistencia física. El cirujano debe elegir cada paso con cuidado, guiar al equipo con calma y mantener la calidad de la atención en una situación extrema. Al mismo tiempo, pueden convivir dos sentimientos opuestos: la urgencia de actuar para salvar todo lo que aún se pueda y la conciencia de que la lesión puede dejar pérdidas que ninguna operación logrará reparar. Un resultado técnico satisfactorio no borra necesariamente el dolor ni las secuelas que podrían durar toda la vida.

La tarea se vuelve aún más difícil porque el médico debe apoyar al paciente incluso cuando él mismo está exhausto. Tiene que explicarle qué puede hacer, atender sus temores y participar en decisiones complicadas, sin perder de vista los detalles de la cirugía. La presión de una guardia no siempre deja espacio para detenerse a pensar en lo que está ocurriendo. Por eso, las emociones pueden aparecer más tarde o quedar apartadas por un tiempo para que el equipo pueda seguir trabajando.

La fortaleza que protege al médico también puede aislarlo

Kinast cuenta que algunas lesiones le afectaban tanto que llegaba a llorar. A menudo se retiraba a un lugar privado, como el vestuario o el baño, para recuperar la compostura lejos del paciente. Si se le llenaban los ojos de lágrimas delante de la persona herida, tensaba el cuerpo y el rostro: temía que el paciente viera a su cirujano desmoronarse justo cuando necesitaba confiar en él y sentirse tranquilo.

En algunas situaciones, controlar la expresión de las emociones puede ser comprensible. Una persona a punto de someterse a una operación delicada quizá no quiera sentir que su médico ha perdido la calma antes de empezar. El problema surge cuando ese control momentáneo se convierte en un muro permanente. Tensar el cuerpo y esconder las emociones puede ayudar al médico a cumplir con la tarea inmediata, pero también puede alejarlo de la comprensión del impacto que la experiencia tiene en él. La tristeza no desaparece: simplemente queda pendiente, en lugar de encontrar una forma segura de ser atendida.

En la experiencia de Kinast, sentirse afectado no demostraba falta de profesionalismo ni incapacidad para tomar decisiones. Mostraba que el médico seguía siendo una persona que tenía delante el sufrimiento real de otra. El desafío no consiste en absorber por completo el dolor del paciente ni en renunciar a la serenidad necesaria para trabajar. Se trata de encontrar un equilibrio entre la sensibilidad, que no debe impedir la concentración, y los límites profesionales, que permiten tratar al paciente sin negar lo que uno siente.

Un espacio para reflexionar sobre las lesiones

Durante las horas de meditación, Kinast empezó a comprender que nunca se había concedido suficiente tiempo para asimilar lo que habían perdido sus pacientes: los ojos, a veces partes de su vida y, en todos los casos, las consecuencias de la lesión. Al acercarse el amanecer, la mayoría de los asistentes se unió a un canto meditativo alegre. Él, en cambio, prefirió quedarse al fondo de la sala y escuchar su tristeza. No intentaba reparar lo que ya no podía cambiar; reconocía que algunas experiencias primero necesitan ser vistas y sentidas para poder llevarlas de otra manera.

Aquella noche también le permitió apreciar más profundamente a quienes atienden lesiones de emergencia, entre ellos sus colegas oftalmólogos. Muchas personas asocian la oftalmología con los exámenes de rutina, los equipos modernos y las operaciones breves que mejoran la visión. Esa es una parte real de la profesión, pero hay otra menos visible: especialistas que trabajan junto con médicos de urgencias y cirujanos de trauma para atender situaciones que incluso a los profesionales de la salud les cuesta presenciar.

Esto no significa que todos los médicos necesiten participar en un retiro de meditación ni que meditar, por sí solo, resuelva las presiones de las profesiones sanitarias. La idea que destaca en el relato de Kinast es más concreta y personal: cuando hay espacio, tiempo y atención, el médico puede reconocer el miedo y la tristeza en lugar de enterrarlos bajo el estrés. Esa conciencia puede suavizar la rigidez que dificulta el vínculo con otras personas, sin debilitar la disciplina que exige la atención médica.

Volver al presente en la consulta

Al regresar del retiro, Kinast intentó estar más presente en la clínica. Cuando se sienta en su silla giratoria de la sala de examen, presta atención a la sensación de los pies en el suelo. Es un gesto sencillo que le permite darse cuenta de cuándo su mente se ha ido a las citas acumuladas o a la espera prolongada y volver a concentrarse en el paciente que tiene delante.

Desde esta perspectiva, la meditación no consiste en alcanzar un estado permanente de calma. La atención se desvía; la persona se da cuenta y la trae de vuelta al momento presente. Repetir ese regreso es el centro del ejercicio. En la consulta, puede ayudar al médico a notar que está trabajando de manera automática o que empieza a agotarse, y a recuperar la concentración en lo que el paciente dice y necesita en ese momento.

Este ejercicio no reduce la cantidad de consultas ni acorta las listas de espera, y tampoco vuelve fácil cada jornada. Pero puede darle al médico la oportunidad de hacer una pausa antes de que la presión cree distancia entre él y el paciente. Quien acude a la consulta quizá esté lesionado o tema perder la visión; también puede tener un problema menos grave o simplemente estar pasando por un día difícil. En cualquier caso, escuchar de verdad ayuda al médico a ver a la persona detrás del motivo de la visita, en vez de limitarse a completar los pasos habituales.

Una carga humana que necesita apoyo

Kinast considera que responder a llamadas de emergencia por lesiones es una de las partes de la medicina que menos le gustan, aunque a menudo también sea una de las más significativas. Él ve lesiones oculares terribles solo unas pocas veces al año, mientras que los médicos de otras especialidades se enfrentan a sufrimientos parecidos a diario. Que la exposición sea menos frecuente no hace que la experiencia resulte fácil; más bien, recuerda que la carga emocional puede afectar a muchos tipos de profesionales de la salud.

El médico no trata únicamente la lesión: acompaña al paciente y a su familia mientras afrontan una noticia capaz de cambiarles la vida. En algunos casos, por mucha habilidad que tenga, su capacidad para recuperar la visión es limitada. Entonces puede sentir impotencia o tristeza, sobre todo si ha tenido que dejar sus emociones de lado para seguir trabajando. Por eso, no se debería definir el profesionalismo como la capacidad de callar o de aparentar que todo está bajo control. Los trabajadores de la salud necesitan apoyo para procesar el impacto psicológico de lo que presencian, en lugar de tener que enfrentarlo cada uno por su cuenta.

Cuando la tristeza encuentra tiempo y espacio, también puede tener un significado que va más allá de su peso. Puede reflejar que el médico comprende la importancia de lo que le ha ocurrido al paciente, que está dispuesto a acercarse a su sufrimiento y que siente responsabilidad por su bienestar. Esas emociones no le permiten cambiar todos los resultados, pero quizá le ayuden a no ver a la persona herida como una simple intervención quirúrgica. Esa humanidad no se opone a la competencia profesional: puede convivir con ella.

Conclusión

La experiencia del oftalmólogo Robert M. Kinast muestra que atender lesiones graves exige tanto precisión médica como capacidad para afrontar el impacto emocional de lo que se presencia. Mantener la compostura puede ayudar al cirujano a evitar errores en el quirófano, pero, si se convierte en una negación constante de las emociones, puede alejarlo de sí mismo y de sus pacientes. La meditación y la atención al momento presente le ofrecieron a Kinast una manera de volver a concentrarse cuando la mente se distraía, tanto en la clínica como al recordar experiencias dolorosas. Esta práctica no borra las tragedias ni sustituye el apoyo profesional, pero recuerda que también hay que cuidar a quienes atienden a las personas heridas.