En pocas palabras
En el siglo XVII, John Aubrey recopiló historias de fantasmas sin creerlas todas ni descartarlas de inmediato. Comparaba los testimonios y se preguntaba qué podía comprobarse: una aparición aterradora, por ejemplo, a veces resultaba ser solo un montón de estiércol. Su método nos recuerda que conviene investigar las historias antes de dar por cierto lo que cuentan.
Cuando los fantasmas entraron en el debate científico
Una noche, hacia 1671, Symonds, párroco de la iglesia de Garsdon, en el condado de Wiltshire, regresaba a casa a caballo. Según el relato que anotó John Aubrey, una figura aterradora apareció detrás del sacerdote y saltó hasta sus medias. Luego avanzó a su lado hasta que llegaron a la casa parroquial. Allí, la criatura se bajó, se volvió hacia Symonds y abrió la boca de una forma que lo llenó de espanto. El párroco dijo reconocer al fantasma: era John Estcourt, un hombre que había muerto unos dos años antes.
Hoy, la historia podría parecer sacada de una noche de Halloween, pero plantea una pregunta mucho más antigua que las redes sociales: ¿qué hacemos ante una afirmación sobrenatural? ¿La creemos porque la cuenta un testigo respetable o la rechazamos solo porque resulta extraña? En la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XVII, no era una cuestión secundaria. Algunas personas interesadas en la ciencia debatían sobre la existencia de los espíritus y la magia, sobre cómo demostrarla y sobre qué hacer con relatos difíciles de verificar.
La Royal Society se fundó en 1660 y llegó a ser la institución científica más destacada de Inglaterra. El interés de sus miembros no se limitaba a lo que podían observar en la naturaleza cotidiana: algunos también consideraban que valía la pena examinar los relatos de fantasmas y de magia. Joseph Glanvill, miembro de la sociedad, defendía la existencia de esos fenómenos. En un libro publicado en 1681 reunió relatos detallados que consideraba pruebas y sostuvo que negar la existencia de los espíritus no suponía rechazar solo algunas historias, sino también poner en duda la creencia en Dios.
Sin embargo, estudiar relatos sobrenaturales no significaba que todos los que los examinaban los aceptaran como ciertos. John Aubrey, también miembro de la Royal Society, se interesó en el tema y remitió a sus lectores al libro de Glanvill, pero no lo consideraba una conclusión definitiva. A su juicio, Glanvill podía ser demasiado crédulo en ocasiones. La diferencia entre ambos es importante: el debate no se reducía a creyentes en fantasmas frente a personas que los negaban. También giraba en torno a la calidad de los testimonios, la posibilidad de equivocarse y los criterios para distinguir una historia convincente de una ilusión o un engaño.
Aubrey conocía de cerca la zona de la historia de Symonds. Había nacido en 1626 en Easton Percy, a pocas millas de Garsdon. Esa proximidad vincula su relato con el entorno local, pero no lo convierte automáticamente en una prueba. Conocer el lugar o estar cerca de los testigos ayuda a comprender la historia y su contexto, aunque no elimina la necesidad de valorar las pruebas.
Un proyecto para registrar la naturaleza de Wiltshire
En 1656, Aubrey empezó a preparar un libro sobre la historia natural del condado de Wiltshire. El proyecto fue un intento temprano de ofrecer una descripción amplia de la naturaleza de un condado inglés y se considera el primer intento de realizar un trabajo de ese tipo en Inglaterra. La tarea se prolongó durante muchos años y, cuando estuvo terminada, ya se habían publicado otros estudios. Aun así, sus contemporáneos consideraban que el libro tenía importancia científica: en 1691, la Royal Society encargó que se copiara el manuscrito y se incorporara a su biblioteca.
El libro no era un registro ordenado según categorías estrictas. Aubrey iba de un tema a otro y, a veces, se alejaba del asunto principal para incluir historias extrañas o aparentemente fuera de lugar. Al hablar de las aves, recogió noticias sobre criaturas del norte de África del tamaño de los pelícanos. En una sección sobre hombres y mujeres, trató la cuestión de si existían los gigantes. Cerca del final incluyó un capítulo titulado «Incidentes», donde reunió sucesos fuera de lo común; entre ellos estaba el relato del fantasma que, según Symonds, se había encontrado.
Al lector actual puede parecerle raro que un libro sobre la naturaleza incluya fantasmas y gigantes. Pero en aquella época, reunir testimonios también formaba parte del estudio del mundo. Antes de elaborar una explicación general, quienes se interesaban en estos temas debían anotar lo que la gente contaba sobre el mundo natural y lo sobrenatural, y después intentar averiguar qué podía resistir un examen. El método no garantizaba que cada relato fuera cierto, pero permitía conservarlo junto con las pistas y las dudas que lo acompañaban, en vez de descartarlo o aceptarlo sin pensarlo.
Entre creer un relato y descubrir un engaño
La reputación de Aubrey quedó asociada en ocasiones con la credulidad, sobre todo por el único libro que publicó: Miscellanies, aparecido en 1696, que reunía historias de sucesos inexplicables. Sin embargo, su postura declarada era más cautelosa que la de alguien que cree cualquier cosa que le cuentan. En esencia, dijo que nunca había presenciado personalmente esos hechos y que, por tanto, no tenía razones para afirmar que fueran imposibles. Pero tampoco daba el mismo valor a todas las historias: calculaba que quizá solo una de cada cien podía ser cierta.
Ese cálculo refleja una gran cautela, no una fe ciega. Para Aubrey, la posibilidad de que algo hubiera ocurrido seguía abierta, pero la cantidad de relatos no demostraba que fueran ciertos. La gente podía repetir una misma historia, agregarle detalles o interpretar como sobrenatural un suceso corriente. Así que la pregunta importante no era cuántas historias circulaban, sino si había motivos para que una resultara más convincente que las demás.
Aubrey también registró casos que, a su juicio, eran engaños. Uno de ellos involucraba a una mujer llamada Catherine Waldron, que afirmaba estar hechizada y permitió que le introdujeran alfileres en el cuerpo para intentar demostrarlo. Ni los detalles dolorosos ni lo impactante de la escena impedían que la afirmación se examinara con dudas. Una experiencia difícil, por sí sola, no demuestra una explicación determinada; tampoco basta con que una persona o un público estén convencidos para que una historia se convierta automáticamente en un hecho.
En aquella época, reunir pruebas y describirlas era una parte fundamental de la historia natural, porque las observaciones podían servir más adelante para elaborar nuevas explicaciones. Desde ese punto de vista, registrar un suceso sobrenatural no equivalía necesariamente a declarar que había ocurrido tal como se contaba. También podía ser una manera de conservar detalles que luego pudieran compararse o ponerse a prueba. Aubrey no se presentaba como alguien capaz de conocer la verdad oculta detrás de cada episodio, sino como un recopilador que reunía relatos y dejaba abierta la posibilidad de evaluarlos.
¿Por qué valía la pena examinar la historia de Symonds?
Aubrey no se limitó a repetir la historia del párroco: también describió características del testigo que podían influir en cómo se juzgaba su relato. Presentó a Symonds como un hombre de constitución fuerte, no como alguien que, en principio, fuera propenso a asustarse o a dejarse llevar por la imaginación. Además, su condición de sacerdote podía dar más peso a su testimonio ante quienes lo escucharan. Pero esos datos se refieren a la persona que dio su versión; por sí solos, no demuestran que lo que vio fuera un fantasma. Alguien puede ser sincero y mantener la calma, y aun así interpretar mal lo que ocurrió en la oscuridad.
Por otra parte, Aubrey añadió una observación que ponía en duda el relato: un refrán francés decía que las personas borrachas ven demonios. Esa frase no demuestra que Symonds estuviera ebrio; no permite saber en qué estado se encontraba aquella noche. Pero recuerda que la percepción de una escena puede verse afectada por factores humanos. Así, Aubrey no ocultó los elementos que podían debilitar la historia, aunque la hubiera registrado.
El detalle más llamativo del relato tiene que ver con el caballo. Según la historia, el animal volvió a casa temblando y cubierto de sudor. Al día siguiente seguía igual y, además, se negaba a comer avena. Para Aubrey, aquello era una pista adicional de que durante el trayecto había ocurrido algo que de verdad lo asustó: un caballo no puede inventar una historia ni decidir mentir. Pero que el miedo fuera real no permite saber qué lo causó. El animal pudo asustarse por algo que el jinete no alcanzó a ver con claridad, por un ruido o por un movimiento. Sus temblores no bastan para afirmar que lo espantó un fantasma.
Ahí se ve la diferencia entre registrar una observación e interpretarla. Los temblores, el sudor y el rechazo a la comida son señales que otras personas podrían observar. Afirmar que la causa fue un fantasma, en cambio, es una conclusión que va más allá de lo que esas señales demuestran por sí solas. Aubrey no contaba con una prueba que resolviera qué era la figura que había visto el párroco, y los detalles que han llegado hasta nosotros tampoco permiten reconstruir la escena de manera concluyente. Aun así, conservó el relato, las pistas que podían respaldarlo y las consideraciones que sembraban dudas, dejando espacio para que el lector reflexionara.
Poner a prueba un fantasma en un camino de Dorset
En los registros de Aubrey aparece otra historia sobre un viajero que se encontró con lo que creyó que era una criatura aterradora, pero el desenlace fue muy distinto. El hombre trabajaba como sirviente de Sir Ralph Bankes, y Aubrey lo describió como un joven enérgico. Una noche, ya tarde, cruzaba Badbury Warren, en el condado de Dorset, cuando vio algo oscuro. Al principio le pareció pequeño, pero, cuanto más se acercaba, más grande parecía.
El miedo se apoderó del jinete, que sintió que se le erizaba el cabello. Sin embargo, decidió no huir antes de averiguar qué estaba viendo y avanzó a caballo hacia el objeto misterioso. Al llegar, no encontró ningún espíritu ni criatura: era un montón de estiércol de caballo. Desde lejos, la oscuridad y la distancia habían deformado el aspecto de un objeto corriente, que parecía crecer a medida que se acercaba.
Este episodio se diferencia de la historia de Symonds en un punto esencial: el testigo no se limitó a contar qué lo había asustado, sino que se acercó y puso a prueba su propia interpretación. En el caso del párroco, el registro no dice que alguien lograra comprobar directamente qué era la aparición. Por eso, el primer relato quedó abierto a varias explicaciones, mientras que el segundo terminó cuando se identificó el objeto que había causado la confusión. La diferencia no estuvo en cuánto miedo sintieron los dos hombres, sino en si era posible investigar qué lo había provocado.
De una historia antigua a una costumbre útil
Lo interesante del método de Aubrey no es que tuviera una respuesta definitiva sobre los fantasmas, sino que intentara evaluar los testimonios con distintos grados de confianza. Se fijaba en quién era el testigo y cómo se había comportado, situaba el relato en su contexto y anotaba tanto lo que podía respaldarlo como lo que despertaba dudas. Cuando era posible poner a prueba una afirmación, como hizo el sirviente de Sir Ralph Bankes, la comprobación directa resultaba más sólida que una suposición nacida de una figura vista de lejos y de noche.
Sin embargo, no conviene confundir el método de Aubrey con las herramientas de la ciencia actual ni atribuirle una certeza que él no expresó. Vivió en una época en que los espíritus y la magia se debatían junto con preguntas más amplias sobre la fe y la naturaleza, y lo que entonces podía ponerse a prueba tenía límites distintos. Para entender su trabajo con justicia, hay que fijarse en lo que realmente hizo: reunió relatos, no afirmó haber visto al fantasma con sus propios ojos, no descartó todas las posibilidades ni aceptó todas las historias. Admitió que la mayoría de esas historias podían ser inventadas, pero dejó abierta la posibilidad de que alguna fuera cierta.
Ese hábito sigue siendo útil cuando hoy se difunde una historia extraña, ya sea una imagen confusa, un video sorprendente o un testimonio que circula de boca en boca. Podemos preguntarnos: ¿quién presenció el hecho? ¿Se pueden comprobar los detalles? ¿Hay explicaciones más sencillas? ¿Qué sabemos en realidad y qué hemos añadido nosotros al interpretar la escena? Confiar en quien cuenta algo no basta, pero tampoco alcanza con que un suceso sea extraño para declararlo imposible o verdadero. A veces, como descubrió el viajero de Dorset, la mejor manera de poner a prueba una impresión es acercarse antes de darle un nombre aterrador.
Conclusión
Las historias de Symonds y del viajero de Dorset combinan miedo y curiosidad, pero muestran dos maneras distintas de enfrentarse a un relato misterioso: en una, la causa quedó sin resolver; en la otra, fue posible investigar y descubrir que todo había empezado con un montón de estiércol. John Aubrey, que inició su estudio de la naturaleza de Wiltshire en 1656 y conservó la historia del párroco en su obra, fue más prudente de lo que a veces sugiere su reputación. Entendía que la posibilidad de que un suceso fuera real no justificaba creer todo lo que se contaba, y que dudar no significaba renunciar a investigar. La lección que dejan sus registros es sencilla: anotar los detalles, comprobar lo que podamos y distinguir entre lo que las personas vieron y lo que dedujeron a partir de ello.